Un niño juguetón

un niño juguetón

La calle de Alfonso Herrera, en la colonia San Rafael, es tranquila. Los días la sorprenden con el sol mañanero, el que es fresco y aparece en las montañas poco a poco, con timidez. Pero las noches son diferentes. En el número 91 de esa calle, hay una casa cuya fachada es clásica, de los cuarenta: balcones, puerta central con medio arco, no cuadrada, como las hacen en la actualidad; ventanas pequeñas, pisos de madera y techos altos.
Decía que las noches son diferentes en esa calle. En esa casa, aparentemente, el tiempo pasa como en todas partes, pero no es así, allí las horas y los minutos, hasta los segundos parecen dar marcha atrás, como si las manecillas del reloj se movieran contra el tiempo. La Luna oculta sus verdaderas intenciones y la casa se remonta al pasado para revivir su tragedia.
Los vecinos dicen que oyen los pasos apresurados de un niño, pero eso no puede ser porque ahora alberga oficinas y durante el día sólo se escuchan los rumores de voces adultas, computadoras, en fin todo el ruido característico de una oficina; pero en la noche, todo cambia.
Con el silencio, únicamente se oyen los pasos cansados y tranquilos de don Facundo, el velador, cuya presencia anuncia con su linterna, cuando le da flojera prender las luces.
Si está arriba, oye aquellos pasitos que corren por la planta baja y si está abajo, las carreras se escuchan arriba.
Al principio se asustaba, se ponía nervioso, le sudaban las manos y prendía toda la casa. Así dejaba que las horas se desgranaran lentamente, sobre todo las de la madrugada, las más pesadas y largas. Don Facundo llegó a pensar que tenían más de los sesenta minutos de rigor y les tomó el tiempo. Efectivamente, las horas de la madrugada sólo tenían los sesenta minutos ordinarios, sin embargo, por su miedo y por sus nervios, parecían más largas.
Pero Don Facundo, con el tiempo, dejó de asustarse, se acostumbró tanto que a veces ni oía los pasos del chamaco.

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Cecilia Colón, “Un niño juguetón” en La Bailarina Del Astoria y otras Leyendas, México, SEP–Plaza y Valdés, 2004.

 

Lectura con 340 palabras.

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