El espejo del viajero

Espejo del viajero

Era un día de lluvia continua. Una lluvia fina y fría que no cesaba si no era para dar paso al granizo o a la nieve. No podía esperarse que la noche fuese mejor después de un día como aquél; antes bien, todo lo contrario, y así fue. Además soplaba tal ventarrón que hacía que andar por los caminos fuese una tarea trabajosa y desagradable. Tuve que bajarme del caballo y llevarlo de la rienda, porque el animal, desorientado por el viento y el agua, no se dejaba guiar en la negrura de aquella noche sin la más mínima luz de la luna. Si al principio era el animal el que tropezaba amenazando derribarme, luego era yo el que daba continuos topetazos, y solamente la fuerza del caballo y mis manos fuertemente asidas al ronzal impedían que me cayese y que no fuese más allá de meter una rodilla en el barro del camino.
Por la mañana, cuando me había puesto en marcha, pensaba que sólo me faltaban dos jornadas para llegar a mi destino y que ni siquiera una ausencia de siete años de andar por aquellos caminos sería capaz de desviarme ni un paso de la dirección correcta. Y así había sido durante el día, que, aunque oscuro y desapacible, permitía avanzar con seguridad.
Después con la certeza de haberme perdido, solamente buscaba un cobijo para pasar la noche antes de que me extraviase por completo.
Procuraba caminar con la cabeza a la par de la del animal para protegerme del viento y del agua. De esa manera anduve mucho tiempo hasta que a lo lejos me pareció ver una luz. Fuese o no, me encaminé hacia ella. A medida que pasaba el tiempo, más seguro estaba que no era una fantasía producto de mi imaginación, porque siempre volvía a aparecer cuando los desvíos a que me obligaban los accidentes del camino hacían que la dejase de ver.
No tardé en situarme a una distancia de la luz que me permitió identificarla como procedente del interior de una casa. En cuanto bajase del cerro en el que me encontraba, ya sólo me separaría de su puerta un pequeño bosque de castaños.
Después de dejar atrás el último árbol, a veinte pasos escasos de la casa, me dirigí a la enorme puerta que, con el postigo abierto, dejaba salir una luz casi cegadora, parecida a la luz que debe salir por las puertas de la gloria, pero yo me hubiese acercado a ella aunque tuviese la certeza de que el resplandor procedía de las llamas del mismo infierno.

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Xabier Puente Docampo, Cuando de noche llaman a la puerta. México, SEP–Anaya, 2008.

 

Lectura con 429 palabras.

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