El cumple muertes - Segunda parte

Cumple muertes

Tomó la carta como una broma de mal gusto. La guardó para comparar la letra con la de los compañeros de trabajo para ver si descubría al poseedor de un sentido de humor tan macabro. Con todo tipo de excusas fue cogiendo muestras de letra de las personas que conocía y cada noche las comparaba con las de la carta, pero no pudo descubrir al autor.
Poco a poco fue olvidando el asunto hasta que un día llamaron a la puerta y se encontró a un hombre que traía un ramo de flores a su nombre. Venía atado con una cinta en la que se podía leer: No te olvido. Aquello ya comenzaba a pasar de broma, porque seguramente se trataba de una broma.
Como no hubo más manifestaciones, pensó que el bromista se había cansado. De todas maneras, cuando se acercaba el mismo día del año siguiente, comenzó a ponerse nervioso. Andaba inquieto. Quería retardar el paso del tiempo, y todo lo hacía muy despacio: trabajaba, andaba, comía muy despacio...
Y llegó el día. No fue a trabajar y estuvo toda la mañana vigilando la llegada del cartero. Cuando lo vio venir fue a su encuentro.
Ya de lejos vio, entre las cartas que el hombre traía, que una de ellas venía orlada en negro. Sintió una cuchillada en el pecho. El cartero le entregó dos cartas, la del sobre de luto y otra. Cuando las cogió, las manos le temblaban.
Echó a caminar, casi a correr hacia su casa, y cuando estuvo dentro, se dejó caer en una silla mirando el sobre de luto. Le dio vueltas y vueltas sin atreverse a abrirlo. Lo dejó en la mesa y no pudo apartar los ojos de él. Se levantó y se puso a caminar por la casa, parándose delante de la mesa en la que había depositado el sobre, con los ojos fijos en él, como intentando adivinar su contenido para no tener que abrirlo. Varias veces pensó en romperlo sin abrirlo, pero no fue capaz de hacerlo.
Aquello no podía ser otra cosa más que una broma; nadie podía saber la fecha de la muerte de nadie a no ser que se tratase de alguien que quisiera matarlo y, si así fuese, ya se cuidaría de no avisarle, porque entonces él podría poner los medios para evitarlo.
Así que lo mejor era tirar el sobre al bote de la basura o abrirlo. Las cosas no podrían ser distintas porque lo leyese o lo dejase de leer. Lo abrió por fin. Contenía una carta en papel de luto, más corta que la primera.
Distinguido señor:
Por segundo año consecutivo me dirijo a usted para desearle un feliz cumple muerte. Sepa que ya sólo le mandaré otras dos felicitaciones, aunque no dejará de tener noticias mías y pruebas de mi presencia y vigilancia.
Que pase un buen día.

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Xabier Puente Docampo, Cuando de noche llaman a la puerta, México, SEP–Anaya, 2008.

 

Lectura con 478 palabras.

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