El hipo de Inés. Rincón de lecturas de Sallita para quinto de primaria.

En la lectura de hoy, escrita por María Cristina Sacristán, vamos a conocer una forma antigua de curar sacando sangre del cuerpo con sanguijuelas y veremos cómo se la aplicaron a la pobre de Inés por andarse fingiendo enferma.



El hipo de Inés

El hipo de Inés

Antiguamente se creía que las sangrías, sacar sangre del cuerpo cortando una vena o aplicándole unas sanguijuelas –un animalito que parece una babosa–, eran un remedio espléndido para muchas enfermedades. En esos tiempos los barberos, los peluqueros, practicaban esta cura.
–No está enferma –dijo resuelto el médico, que a Inés le pareció el ser más despreciable del mundo–, pero las sangrías siempre aprovechan para la enfermedad venidera, igual que se come para no tener hambre; y más hoy que es Luna llena. Los astros nos favorecen.
Inés fue amarrada a su cama. El barbero le descubrió el brazo y lo metió en agua caliente. Después lo refregó hasta que las venas se hicieron visibles. Cuatro dedos arriba de donde la iba a sangrar, le amarró una correa de piel. Luego pidió que le trajeran de la cocina un poco de sangre de alguna gallina que acabaran de matar y se la untó en el brazo para que las sanguijuelas se pegaran con facilidad, atraídas por el olor. Por medio de un carrizo fue metiendo una a una las que traía en un frasco; entonces comenzaron a chupar la sangre de Inés, quien se cansó de gritar inútilmente porque las sanguijuelas no se desprendieron hasta que, hinchadas, cayeron al suelo.
La escena fue observada por la india vendedora de comales. Acaso fuera la primera vez que veía una sangría porque, intrigada, le preguntó a Pascuala qué estaba sucediendo.
–La niña Inés inventó que tenía hipo porque no le gusta coser por las tardes con sus hermanas –explicó Pascuala–. El médico descubrió el engaño y decidió sangrarla.
–¿No le gusta coser? –interrogó sorprendida la india–, ¿Pues qué no enterraron su ombligo cerca del fogón?
–¿El ombligo? ¿Para qué? –preguntó Pascuala, llena de curiosidad.
–Si el niño nace varón, el ombligo se entrega a los soldados para que lo entierren en el lugar donde se dan las batallas – contestó la india–; así, cuando crezca será aficionado a la guerra. El de la niña se entierra cerca del fogón para que le guste estar en casa y hacer de comer.


María Cristina Sacristán, El hipo de Inés. México, SEP–FCE, 2001.

Lectura con 351 palabras.





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