El gallo mecánico. Rincón de lecturas de Sallita para quinto de primaria.

En nuestra lectura de hoy vamos a visitar un taller mecánico muy peculiar, donde Canelo, el perro guardián, ha decidido no volver a morder gente. Antología de lecturas para leer, aprender y divertirse.



El gallo mecánico

Canelo, el perro guardián de el gallo mecánico

Era una zona urbana, no demasiada sobre poblada y ese taller mecánico estaba instalado en un terreno bastante grande, entre casas y edificios. Tenía un árbol frondoso a pesar de que el suelo era una melcocha honda de aceite de coche y tierra, incrustada abundantemente con tuercas, alambres, pedazos de motor de diversos tamaños y también ciertas dosis de hojalata y vidrio, porque a veces allí mismo comían los mecánicos y dejaban tiradas latas de sardinas, cascos de refresco o los envases de aceite que ya vacios rodaban por allí hasta hundirse en el suelo poco a poco. ¿Y cómo vivía el árbol?
Pues no era estúpido: había estirado sus raíces hacia el patio de junto, que tenía trozos de jardín; de allí recibía agua y alimento nutritivo, incluso abono que un señor maniático y barbudo prodigaba por la colonia de árbol en árbol.
Ese taller ocupaba el espacio donde antes se irguió un pobre casita rodeada de flores. Fue demolida porque alquilar así el terreno vacío era más productivo. Aunque ni aun así cabían nunca tantos coches y muchos esperaban afuera, achacosos y humeantes, a que vinieran allí en la calle los mecánicos, para devolverles la salud.
El taller no tenía nombre. Lo cuidaba un perro grandote y poco pulcro, con las patas llenas de aceite y los pelos medio pegoteados. De cachorro le pusieron Canelo, por su color, pero al crecer fue cambiando y acabó negro–gris. Ese nombre, Canelo, hacía pensar en la clientela que la mugre más oscura lo cubría y provocaba bromas muy deprimentes de “Ya báñenlo”, como si la negrura natural fuera a quitársele con agua.
Canelo estaba solo ahí, por las noches, cuidando que no viniera algún ladrón. La verdad, nunca habían venido pero Canelo, celoso del deber, había mordido a varios clientes, por las dudas. Y dado que sus patrones eran bien proletarios, con olor a mecánicos, había mordido sólo a clientes ricos y perfumados. Recibió tales castigos de cintarazos que se prometió a sí mismo ya no morder a nadie:
“Nunca he visto un ladrón –se decía Canelo–. Sepa cómo serán o a qué huelan. Esos riquillos de casimir inglés yo estoy seguro que eran ladrones, trabajaban todos en el gobierno. ¡Los muerdo y me castigan! Pues ahora, que los mecánicos muerdan ellos mismos a quien quieran; yo no.”


Emilio Carballido, La historia de Sputnik y David. México, FCE, 1992.

Lectura con 389 palabras.





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