Francisca y la muerteFrancisca y la muerte.

Duro y fatigoso era el camino. Además, ahora tenía que hacerlo sobre un nuevo terreno arado, sin trillo, y ya se sabe cómo es de incómodo sentar el pie sobre el suelo irregular y tan esponjoso de frescura, que se pierde la mitad del esfuerzo. Así por tanto, llegó la muerte hecha una lástima a casa de los Noriega:
–Con Francisca, a ver si me hace el favor.
–Ya se marchó.
–¡Pero, cómo! ¿Así, tan de pronto?
–¿Por qué tan de pronto? –le respondieron–. Sólo vino a ayudarnos con el niño y ya lo hizo. ¿De qué extrañarse?
–Bueno... verá –dijo la muerte turbada–, es que siempre una hace la sobremesa en todo, digo yo.
–Entonces usted no conoce a Francisca.
–Tengo sus señas –dijo burocrática la impía.
– A ver; dígalas –esperó la madre. Y la muerte dijo:
– Pues... con arrugas; desde luego ya son sesenta años...
–¿Y qué más?
–Verá... el pelo blanco... casi ningún diente propio... la nariz, digamos...
–¿Digamos qué?
–Filosa.
–¿Eso es todo?
–Bueno... además de nombre y dos apellidos.
–Pero usted no ha hablado de sus ojos.
–Bien; nublados... sí, nublados han de ser... ahumados por los años.
–No, no la conoce –dijo la mujer–. Todo lo dicho está bien, pero no los ojos. Tiene menos tiempo en la mirada. Ésa, a quien usted busca, no es Francisca.
Y salió la muerte otra vez al camino. Iba ahora indignada sin preocuparse mucho por la mano y la trenza, que medio se le asomaba bajo el ala del sombrero.
Anduvo y anduvo. En casa de los González le dijeron que estaba Francisca a un tiro de ojo de allí, cortando pastura para la vaca de los nietos. Mas sólo vio la muerte la pastura recién cortada y nada de Francisca, ni siquiera la huella menuda de su paso.
Entonces la muerte, quien ya tenía los pies hinchados dentro de los botines enlodados, y la camisa negra, más que sudada, sacó su reloj y consultó la hora:
"¡Dios! ¡Las cuatro y media! ¡Imposible! ¡Se me va el tren!"
Y echó la muerte de regreso, maldiciendo.
Mientras, a dos kilómetros de allí, Francisca escardaba de malas hierbas el jardincito de la escuela, Un viejo conocido pasó a caballo y, sonriéndole, le echó a su manera el saludo cariñoso:
–Francisca, ¿cuándo te vas a morir?
Ella se incorporó asomando medio cuerpo sobre las rosas y le devolvió el saludo alegre:
–Nunca –dijo–, siempre hay algo que hacer.

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Eraclio Zepeda, Francisca y la muerte y otros cuentos, Gerardo Cantú, ilus. México, SEP-CONAFE, 1987.

 

Lectura con 412 palabras.

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