Leo y el misterio de los amuletos

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Mi perro, Gandhi, sabe hablar ochenta y nueve lenguas y suele enrollarse como una persiana, pero hoy soy yo quien habla, Leo. Y todo para explicar lo que tienen que ver quince calzoncillos, la envidia y África.

Hacía días que soñaba con África, comía con África, vestía con África y hablaba con África. Mi madre tenía que viajar a Ouagadougou, la capital de Burkina Faso, un país del África subsahariana, para ir a un festival de teatro, y mi hermano Nao, Gandhi y yo también íbamos a acompañarla.
El día anterior a la partida, mis amigos vinieron a despedirse. Estaban muertos de envidia. Eric quería ir para ver animales salvajes. Laila, para tomarse fotos en paisajes
alucinantes. Y Gustavo, para conseguir un amuleto mágico. Entonces, entró mi madre y delante de ellos me dio quince calzoncillos nuevos para poner en la maleta, de esos con dibujos de niño pequeño. ¡Quince! Mis amigos se rieron un buen rato.
Yo sé que lo hacían porque estaban rabiosos por el viaje.
Les dije que les traería fotos de paisajes espectaculares y de animales salvajes, y, de paso, un amuleto para cada uno. Palabra de Leo.
El viaje en avión fue largo y pesado, sobre todo para Gandhi, que tuvo que viajar con los equipajes. Llegamos de noche y encontramos la ciudad medio a oscuras. Mi madre nos explicó que en Burkina Faso hay menos electricidad que en Europa. Nao, alarmada, preguntó si en el hotel donde nos alojaríamos funcionaría su computadora, ya que quería mandarle un correo electrónico a papá. Mamá le dijo que en todos los hoteles y en muchas casas de la cuidad sí tienen electricidad.
Al día siguiente me levanté con una sola idea: conseguir las fotos y los amuletos que había prometido. Así que decidí vestirme con la ropa perfecta para viajar por África. Me la había comprado con mis ahorros y me sentía muy orgulloso de ella. Gandhi, sonriendo, me detuvo:
–¿De veras piensas ir a desayunar así?
No le hice caso y me dirigí al restaurante del hotel. Todo el mundo me miraba. Pensé que era porque iba muy elegante. Pero cuando mamá y Noa me vieron y se echaron a reír, me di cuenta de que algo no funcionaba: ¡mi vestido de explorador, con sarakof incluido, me había disfrazado. Quise morirme de vergüenza.
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Anna Manso, Leo y el misterio de los amuletos. México, SEP-Intermón Oxfam, 2005.
Lectura con 387 palabras
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