Lindos gusanos, buenos gusanos

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¡Arriba diablillos!, gruñó Shanta dando unos pasitos de tap con sus botas de hule. El blanco de sus ojos y dientes relucía contra la intensa oscuridad india de su piel. Estaba de mal humor.
¡Vamos, vamos!, dijo a los gusanos, que no querían oírla. Permanecieron en el suelo. Shanta se llevó la flauta de madera a los labios y tocó su melodía especial para encantar gusanos. La tocó con gran sentimiento. Los gusanos no se dieron por aludidos.
Por encima del hombro, Crump le preguntó: “¿Por qué no te quitas, o te callas, o algo?” Hablaba con cierto enfado. Sentía que Shanta le estaba distrayendo a sus gusanos. Pero entonces su arrugado rostro, tan arrugado que sus ojos parecían estar siempre cerrados, se estiró para dar paso a una sonrisa de gnomo.
“¡Otro!”, exclamó. Sacó al gusano y contempló cómo se estiraba antes de mostrárselo a Shanta. Ella produjo un ruido rápido y violento con la flauta. Crump hizo una mueca: “No es tan bueno como las viejas varillas de metal”, les dijo mientras las ponía a vibrar.
Las varillas, casi tan altas como el mismo Crump, producían un sonido vago al vibrar; algo como “buruuump… purrum”.
Él las clavaba unos treinta centímetros en el suelo y luego las tocaba con los dedos. Los gusanos se volvían locos.
Desde muy lejos gritó Horrie: “¿Cuántos tienes, Crump?”
“Muchos. Más que tú. Muchos.”
“A que no.”
“A que sí, ven a ver. Trae tu frasco.”
Horrie Horowitz, tan gris y húmedo como el clima veraniego, adelantó el brazo y el pie derechos y echó a andar hacia ellos. Tenía once años, más o menos la misma edad que los demás, pero parecía de cien. Tenía los ojos grises, la cara gris, incluso su rubio cabello parecía cubierto de un polvillo grisáceo.
“No te imagino de bebé”, le había dicho alguna vez Jen. Ella era el cuarto miembro de los Eg, los encantadores de gusanos. “Debes de haber sido todo un espectáculo”, añadió.
“Lo era”, respondió Horrie. “Hay fotos. Yo en mi carriola. Algo cómico–espantoso, en serio.”
Horrie había inventado una máquina especial para encantar gusanos. Pagó treinta peniques en una venta de fierros viejos y así se había hecho de una lavadora de ropa Vibro Milagro Supersónica Acme. Se suponía que uno debía echar a andar aquella cosa, que parecía una pequeña nave espacial toda abollada.


¿Encantadores de gusanos? ¿Qué les parece? ¿Para qué? Tenemos que buscar el libro para no quedarnos con las ganas de saberlo.
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Nicholas Fisk, Los encantadores de gusanos, Patricio Ortiz, ilus. México, SEP–FCE, 2004.
Lectura con 416 palabras
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