Los mayas

Estándar
¡Cómo le habría gustado estar con sus amigos trabajando en el juego de pelota!
 
Todas las mañanas, camino a las obras, se detenía un momento a contemplar el trabajo de los escultores que tallaban en piedra relieves y jeroglíficos que narraban las historias de los gobernantes.
Cuando el palacio quedó terminado entraron los muralistas y empezaron a decorarlo hasta el techo con escenas religiosas y de la vida diaria.
De regreso a su casa, le daba gran gusto ver tantas construcciones bellamente adornadas. Era la obra de todos. Era suya y sería de sus hijos.
Él y todos los que con sus manos habían creado el esplendor y la belleza del centro ceremonial, veían a lo lejos a los dirigentes ataviados con grandes penachos de plumas, joyas y flores, que infundían respeto y admiración a su paso.
Después del trabajo en la construcción, regresó cansado a su choza.
Mientras comía con su mujer, platicaron de los manjares que estarían comiendo los sacerdotes y los gobernantes.
Contempló a su hijito dormido y lo imaginó crecido, campesino como él.
Él no conocía otra cosa que su pueblo. Tal vez el pequeño llegara a ser cargador de mercaderías de algún comerciante y le tocara conocer tierras lejanas.
Los comerciantes, al igual que los gobernantes y los sacerdotes, formaban parte de la nobleza. Iban de una comunidad a otra llevando productos para cambiarlos por otros.
–Te cambio la carga de frijoles por dos mantas –decía alguien.
El vendedor calculaba: “Cada manta representa un mes de trabajo, por lo que vale tres puñados de granos de cacao. Entonces me cambia los frijoles por seis puñados de granos de cacao”.
–Sí –decía el vendedor–, acepto.
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Mercedes de la Garza, Mayas y Aztecas. México, SEP- CONAFE, 2000.
Lectura con 280 palabras
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