Matilda

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¿Ya vieron la película de Matilda? Es la historia de una niña a quien le gustaba muchísimo leer, pero tenía una familia terrible: el papá era un vendedor tramposo, la mamá no sabía hacer otra cosa que arreglarse y jugar cartas, y el hermano era flojísimo, un glotón incorregible. Por suerte, Matilda llegó a una escuela donde había una maestra dulce, cariñosa y muy sabia. Aquí Matilda llega a casa de su maestra, que está bastante destartalada.
 
Matilda estaba horrorizada. ¿Era allí donde realmente vivía su aseada y pulcramente vestida profesora? ¿Era allí donde iba tras un día de trabajo? ¿Qué razones había para ello? Seguramente había algo muy extraño en todo esto.
La señorita Honey [Miel] colocó la bandeja sobre la caja que hacía de mesa.
–Siéntate, querida, siéntate –dijo– y tomemos una taza de té bien caliente. Sírvete tú misma el pan. Las dos rebanadas son para ti. Yo nunca como nada cuando vuelvo a casa. A la hora del almuerzo me doy una buena comilona en la escuela y eso me mantiene hasta la mañana siguiente.
Matilda se sentó con cuidado en una de las cajas y, más por educación que por otra cosa, cogió una rebanada de pan con margarina y empezó a comérsela. En su casa hubiera tomado una rebanada untada de mantequilla y mermelada de fresa y, probablemente un trozo de pastel. Y, sin embargo, esto era mucho más divertido. En aquella casa se escondía un enigma, un gran enigma, de eso no había duda y Matilda estaba dispuesta a averiguar que era.
La señorita Honey sirvió el té y añadió un poco de leche a ambas tazas. No parecía preocuparle en absoluto estar sentada en una caja boca abajo, en una habitación desprovista de muebles y tomando té de una taza que apoyaba en la rodilla.
–¿Sabes una cosa? –dijo–. He pensado mucho en lo que hiciste con el vaso. Es un gran poder que tienes, chiquilla.
–Sí, señorita Honey, lo sé –dijo Matilda, al tiempo que masticaba el pan con margarina.
–Por lo que yo sé –prosiguió la señorita Honey–, no ha existido nadie jamás en el mundo que haya sido capaz de mover un objeto sin tocarlo o soplando sobre él o empleando algún método externo.
Matilda asintió con la cabeza pero no dijo nada.
–Lo fascinante –dijo la señorita Honey– sería averiguar el límite real de ese poder. Ya sé que tú crees que puedes mover lo que quieras, pero yo tengo mis dudas sobre eso.
–Me encantaría intentarlo con algo realmente grande –dijo Matilda.
–¿Y a qué distancia? –preguntó la señorita Honey–. ¿Tienes que estar siempre cerca del objeto que tratas de mover?
–Francamente, no lo sé –dijo Matilda–. Pero sería divertido averiguarlo.
 
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Roald Dahl, Matilda, Quentin Blake, ilus. México, SEP–Alfaguara, 2002.
Lectura con 458 palabras
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