Moctezuma

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Como señor de Tlatelolco y como pariente del huey tlatoani, yo iba a menudo el tecpan del emperador. Un edificio de tezontle con veinte puertas a la calle y tres patios principales. Era lujoso, con los techos altos de cedro, caoba y pirul. Los muros estaban adornados con frescos que revivían las victorias de la Triple Alianza. El tecpan estaba abierto al público, se podía pasear por todos lados excepto en las habitaciones privadas del emperador y de sus esposas. En ese palacio se despachaban los asuntos del imperio, había salas de audiencias y juzgados.
En el palacio vivían cerca de 700 personas: las 102 mujeres de Moctezuma; sus hijos pequeños; su guardia personal, compuesta por 200 nobles; sus pajes, niños nobles de diez a doce años; el gran mayordomo; el encargado de la etiqueta de la corte; personas que ocupaban puestos importantes.
El cargo de tlacochcalcatl le pertenecía al príncipe Tepehuatzin, tío de Moctezuma, encargado de la Casa de las Jabalinas, donde se guardaban las armas del imperio.
Cada mañana arribaban 600 nobles con sus acompañantes a llenar las calles contiguas y las plazas; los embajadores de los territorios sojuzgados y aliados eran hospedados en el tecpan del antiguo emperador Axacayatl, al frente del de Moctezuma. Los pochtecas, o sea los comerciantes, también acudían al palacio para contar lo observado en sus viajes.
Teníamos la sensación de vivir en el ombligo del mundo. Junto al tecpan se encontraban las casas de las fieras, de las aves, y de los seres raros. A Moctezuma le gustaban los animales traídos de diversas partes de su imperio y los guardaba en esas casas, a las que acudía de vez en cuando y que estaban abiertas a la gente. Aquellas personas que nacían deformes o contrahechas eran llevadas a la casa de los seres raros donde se les cuidaba y alimentaba.
El emperador comía en la Sala de Audiencias. Lo atendían 300 jóvenes nobles; la comida la colocaba en platillo sobre braseros. Antes de sentarse, cuatro de sus mujeres le presentaban agua para que se lavara las manos y paños para secarlas. Una vez sentado el emperador, el mayordomo cerraba las puestas para que nadie lo viera comer.
Con la llegada de los extranjeros, estábamos indignados por la actitud de Moctezuma. Muchos pensábamos que no merecía encabezar el imperio. Nos avergonzaba su cobardía ante los españoles. Osaba reír con ellos y ser generoso en sus regalos El miedo le salía por los poros de la piel. Ya no podíamos más. Sin embargo, no era sencillo acabar con el respeto que le teníamos ni con su autoridad absoluta. Era como un dios viviente.
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Marisol Martín, “Moctezuma” en Cuauhtémoc. México, SEP-Planeta, 2004.
Lectura con 439 palabras
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