Negocios curiosos

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En la lectura de hoy vamos a ver cómo trabajan unos detectives juveniles, que se enfrentan a un crimen horrendo: engañar a los enfermos vendiéndoles medicinas que ya no sirven.
–¿Qué negocios? –le preguntó Horrie al señor Pollitt.
–Drogas –contestó Pollitt–. Pero no cocaína, ni inhalantes; no de esa clase de drogas que convierte a la gente sana en gente enferma. El señor Brasen anda en un chanchullo mucho peor. Él convierte a los enfermos en moribundos. Y a los moribundos en muertos.
–¿Cómo? –preguntó Jen.
–Les vende medicinas viejas que los matan en vez de curarlos.
–No entiendo –dijo Crump–. Uno compra las medicinas porque va al doctor, recibe una receta y luego, en la farmacia, te la venden.
–Enséñeles, sargento –dijo el señor Pollitt.
El sargento puso dos cajas de cartón frente a los EG. Las cajas parecían iguales. Ambas tenían una marca, Digitalinex, impresa en letras grandes sobre la tapa y en letras pequeñas a los lados.
–Tú tienes setenta y siete años –dijo el señor Pollitt apuntando a Jen con un dedo huesudo–; eres una viejecita simpática, con mucho por qué vivir; los nietos van a verte el domingo, pero tienes un problemita en tu corazón. “Oh, doctor, doctor –dices–, me dan unos dolores como si me hundieran un cuchillo en el pecho, ¡Me dan un miedo mortal!” “¡Ah! –dice el doctor– No podemos permitir eso, ¿o sí? ¡Aquí tiene, querida viejecita: Digitalinex! No deje de tomarse las píldoras y estará bien.” Así que se toma las píldoras y muere… porque las píldoras están vencidas. Son una farsa; no sirven.
–El doctor –siguió Pollitt– recetó las píldoras correctas. Un buen producto, hace maravillas. Y el farmacéutico hizo el pedido correcto a su distribuidor. Tantos paquetes de Digitalinex, en cajas como ésta –dijo el señor Pollitt alzando una de las dos cajas para que Jen pudiera verla–. Pero algo malo pasó a medio camino. ¿No es cierto? ¿Qué creen que pudo ser?
–Paquetes falsos –dijo Horrie.
–Con píldoras viejas –dijo Crump.
–Exacto, exacto –dijo el señor Pollitt–. Muy inteligente de su parte. Muy astuto. ¡Aprendices de detective!
Hablaba sólo para darse tiempo de decidir lo que diría después, pero Jen, en un arranque, bramó.
–¡No nos trate como simples… niños!
El señor Pollitt se le quedó mirando con las cejas bien arqueadas, lo que le formaba en la frente una docena de arrugas, y dijo:
–No, no lo hago. Ustedes no son simples niños. No para mí. Nosotros hemos estado haciendo la investigación al modo oficial, y ustedes las han hecho a su manera… pero vamos por el mismo camino. ¿No es cierto?
–Perdóneme si he sido grosera –dijo Jen–. Es que tengo tantas ganas de que Shanta vuelva.
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Nicholas Fisk, Los encantadores de gusanos. México, SEP–FCE, 2004.
Lectura con 459 palabras
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