¡No se puede!

Estándar
–No se puede.
–Pero ¿por qué?
El padre caminaba alrededor de la habitación, movía la cabeza como si tuviera algún tornillo a punto de aflojarse y miraba a la niña.
–Porque eres una niña.
–¿Y eso qué tiene que ver?
¿Qué tenía que ver? Mayte era una niña, eso era cierto, una niña de nueve años, algo bajita y flaca, pero tenía piernas fuertes.
Eso le decían siempre sus amigos, el payaso de Javier que se pasaba todo el día haciendo chistes malísimos o Salvador que siempre parecía tener una patineta pegada a los pies: tienes piernas fuertes, puedes jugar, estamos seguros.
Pero para los padres de Mayte el asunto era diferente: ella era una niña, las niñas juegan con muñecas, hacen comidita se portan bien, dicen buenos días, buenas tardes y todas esas, cosas.
¿Cómo iba a ocurrírsele a Mayte que quería ser jugadora de futbol?
Pero así era.
–Mayte, ya sabes lo que los vecinos nos comentan casi todos los días. Vienen y nos dicen, ah, su hija es taaan linda, qué lástima que se porte así.
–¡Pero, papá! Esas viejas son unas taradas.
Esa era otra de las cosas que hacia enojar muchísimo al papá de Mayte. La niña no sólo quería jugar futbol, treparse a los árboles y correr carreras, sino que también era bastante mal hablada.
–¿Qué dijiste?
–Nada, nada, es que esas señoras son muy, muy molestas.
–¿Por qué no podía jugar así?
–¿Quién decía que las niñas no pueden jugar futbol? Esas eran las preguntas que Mayte siempre se hacía; Le gustaba mucho pensar en las cosas.
Imaginarse un mundo totalmente diferente en el que los grandes campeonatos fueran jugados por mujeres. ¡Qué emocionante seria!
Pero claro, como era muy lista, se daba cuenta de que eso tendría algunas dificultades: por ejemplo, las jugadoras no podían parar el balón con el pecho. Sonrió.
Ahora se imaginaba el final del partido. El grito de las tribunas llenas y otro problema: ¿qué haría cuando llegara el momento de intercambiar camiseta?
Nunca había pensado en eso. ¿Sería esa la razón por la cual sus padres no querían que fuera jugadora?
Si era eso, pensaba Mayte, no habría problema, de ganar un partido no cambiaría su camiseta y arreglado.
Lo que si le gustaba ver eran los partidos y, por suerte, cuando su padre también los veía, podía sentarse y dejarse ir por la emoción.
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Roy Berocay, Pateando lunas, Gabriela Rodríguez, ilus. México, SEP, 1999.
Lectura con 398 palabras
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