Nuestra calle tiene un problema

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3 de julio 
   Nuestra calle tiene un problema. Se llama Paco. Su padre es de los que no deja que nadie asome ni la nariz fuera de su casa. ¿Que quiere jugar con el balón en la calle? No puede. ¿Ir a tomar un helado?

Tampoco. ¿Comprar estampas en la esquina? Ni pensarlo. Paco parece un prisionero de guerra. Un pistolero de esos que se pasan la vida detrás de las rejas. Nunca puede hacer nada. Se queda en casa pálido, chupándose el dedo. Da tristeza ver a una persona así. Nosotros jugando con el balón la tarde entera y él asomado a la ventana.

15 de agosto 
   Aquí en la calle lo que nos entristece un poco es Paco. Siempre espiando allá a lo lejos. Solito. Apachurrado. El otro día, todos platicamos. El tema fue él. Antes pensábamos que no le caíamos bien y ahora pensamos que se muere de ganas por jugar con nosotros. Toño dijo que teníamos que hacer algo. Mauro se acordó de que la pesadita de Tere iba a ir de chismosa. No sé quién sugirió que fuéramos a hablar con el papá. 

      El papá de Paco ya es muy viejo. Debe tener casi cuarenta años. Es enojón, alto como una garrocha, delgado, y siempre anda peinado con mucho spray. Usa lentes de fondo de botella, corbata de moño, y tiene unos pelitos que le salen de la nariz. José Luis le dijo a Tere que ésos no eran pelitos sino patas de una cucaracha que vivía en la nariz de su papá. Desde esa vez, ella trata de empaparnos cuando jugamos. Creo que el papá de Paco nació enojado y resfriado al mismo tiempo porque de día y de noche tiene la nariz roja, se la pasa sonándose. Yo nunca lo he visto reírse. 

¿Qué se podría hacer en un caso así? ¿Ir con el papá de Paco y hablarle frente a frente? ¿Quién se atrevería? 
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Ricardo Azevedo, Nuestra calle tiene un problema. México, SEP-Ática, 1993.
Lectura con 322 palabras
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