Camino del Norte

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Entre otras cosas, los árabes inventaron el cero –como los mayas– y el álgebra. El personaje de esta lectura es un muchacho que quiere ser matemático. Un muchacho nativo de Córdoba, una ciudad árabe de España. Aquí apenas vamos a conocerlo. Para saber si podrá cumplir sus sueños habrá que leer el libro completo.
La caravana viajaba sin prisa hacia el Norte. El sol poniente incendiaba de rojo la altiplanicie que se extendía hasta más allá del horizonte. La debían atravesar por completo.
Al caer la noche se buscaban refugios o se acampaba bajo las estrellas. Entonces los muleros, después de agrupar los animales en improvisados corrales, encendían hogueras para cenar y cantaban viejas canciones de amor que traían ecos de un pueblo que había viajado durante mucho tiempo por el desierto y había dormido bajo las estrellas de todo el mundo conocido.
José no se unía a los cantos; se sentaba contemplando la hoguera, con su tazón en la mano y, en ocasiones, se le llenaban los ojos de lagrimas. Nadie le decía nada. Los hombres de la caravana no lo conocían y él no había sido amistoso; su padre lo había confiado al jefe de la caravana con instrucciones muy precisas y sin decir el verdadero motivo de la partida del muchacho.
José llevaba un cinturón lleno de monedas de buena plata cordobesa pegado a la piel y cartas de presentación de Rezumando, el obispo de Córdoba, donde le darían posada y que en principio era su destino. Recordaba la reunión en su casa y la bendición de despedida del obispo:
“Los caminos del Señor son extraño, José Ben Alvar. Tienes que salir de tu patria y no serás un sabio maestro cordobés en las cuatro ciencias; no serás Sidi Sifr, el señor del Cero, pero tal vez te esté reservado un destino más alto. Acuérdate de Daniel en la corte de Nabucodonosor y de los otros personajes de la Biblia. Tú eres inocente, hijo; la bendición del Señor te acompañará.”
“¿Siendo espía?”, preguntó José.
“Tu conciencia te aconsejará lo mejor.” Había dicho su padre. “El cadí ha sido muy generoso al fiarse de tu palabra. Tu patria es Córdoba, hijo. Tú has nacido aquí, y aquí nacieron tus abuelos y bisabuelos. El resto es política. Nosotros somos cordobeses; nuestra familia ha vivido en esta ciudad desde los tiempos de los antiguos romanos, más de lo que el más viejo puede recordar. No hemos querido nunca emigrar porque ésta es nuestra tierra, gobernarse quien gobernase. Día llegará en que podamos adorar a nuestro Dios libremente en nuestro país; también los romanos y los godos, en los primeros tiempos, perseguían a los de nuestra fe. Bajo los musulmanes nuestro pariente fue mártir por su fe en tiempos de Eulogio y ahora mi hermano goza de la confianza del Califa y es uno de sus embajadores en la corte de Bizancio; sin traicionar nuestra fe, siendo veraces y honrados, haremos lo que podamos para sobrevivir.”
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María Isabel Molina, El Señor del Cero, Francisco Solé, ilus. México, SEP–Santillana, 2004.
Lectura con 495 palabras
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Mi comunidad

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Vamos a leer a un niño indígena que nos cuenta cómo es su comunidad, el lugar donde vive.
Mi comunidad está formada por aproximadamente 80 a 90 casas; en comparación con las comunidades que existen alrededor, es la más pequeña. Pero se distingue por la naturaleza que la rodea.
Existen gran variedad de plantas, desde lo más pequeño hasta los árboles más altos, hasta de 20 metros y más, tales como: chalawites, cedros, carboncillos, ocotes, jonotes, naranjo, pavas, aguacates, encino, zapote cabello, zapote negro, chacal, entre otras.
Si seguimos avanzando por el bosque podremos contemplar la gran variedad de animales, tales como: víboras, coyotes, conejos, tejones, lagartijas, primaveras, codornices, tordos, papanes, tuzas, zorros, armadillos, ardillas, onza, tortugas terrestres, y muchos más.
En mi comunidad, como en el municipio y en sus alrededores habitamos gentes indígenas tutunaku (totonaco), que en español significa “hombre de tres corazones”. Hablando un poco de la vestimenta de mis padres y los demás habitantes, utilizan los siguientes vestuarios: Los hombres utilizan camisa y calzón de manta, sombreros de plástico, y calzan huaraches de correa.
Las mujeres utilizan blusa bordada, enaguas blancas, fajas rojas en la cintura y en el cuello hasta la cintura el quexkeme, hacen trenzas con listones de diferentes colores y no utilizan calzado.
Mi localidad también se ha distinguido por sus costumbres y creencias muy antiguas, que nuestros abuelos y padres han venido conservando. Una de ellas, de las que más me gustan, es la fiesta patronal.
Esto se inicia el 19 de marzo, y se celebra de allí en adelante y no tiene fecha para finalizar, porque depende de la participación de la gente.
La fiesta es en honor a San José. Durante esta celebración participan diferentes danzas indígenas y para agrandar más la fiesta participan tríos, huapangueros, mariachis, jaripeos, carrera de cinta, pelea de gallos, juegos mecánicos, misas, quema de juegos artificiales y muchos adornos que cubren las principales calles.
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“Mi comunidad” en Ivette González Parada (comp.), Las narraciones de niños y niñas indígenas, Sergio Domínguez y Héctor Castillo, ilus. México, SEP–DGEI, 2003
Lectura con 319 palabras
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El maravilloso viaje de Nico Huehuetl a través de México

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–Ahora, si eres valiente, la ballena te mostrará toda la Baja California.
El muchacho dijo que sí con la cabeza. No se sentía nada valiente, pero tenía muchas ganas de ver aquella tierra donde tan difícil era llegar.
Remando, remando, se acercaron más a la ballena, hasta que la barca le rozó el costado. Desde ahí parecía una montaña, tan grande era, tan inmóvil estaba.
–¿Ves? –dijo el pescador–. Está amansada. ¿Tienes miedo?
–No –contestó Nico.
Era mentira. Tenía miedo.
–Pues, ven.
El viejo agarró al muchacho y, ¿quién hubiese dicho que tenía tanta fuerza?, lo alzó encima de la cabeza de la ballena. Nico, espantado, quiso retroceder.
–Si te asustas, no haremos nada –advirtió el viejo.
–No –dijo Nico, resuelto.
Y se dejó izar. Quedó sentado sobre el morro de la bestia.
–Pase lo que pase, no te asustes –dijo el viejo–. No más abre bien los ojos y mira.
–Sí.
La ballena abrió el surtidor. Un chorro ancho, espumante, cogió a Nico por debajo y lo alzó. Entonces, sí que tuvo pánico al sentirse levantado de aquella manera.
Buscó desesperadamente donde agarrarse, pero sólo tenía a su alcance agua y espuma; agua y espuma, no obstante, que a su alrededor formaban una especie de baranda. Se dio cuenta de que estaba cómodamente sentado en el chorro tibio igual que sobre un cojín; que no le sucedía nada malo, y que iba subiendo, subiendo. Se tranquilizó. Recordó la recomendación del viejo: “Abre bien los ojos y mira”.
Miró. Casi debajo de él las olas batían la costa mellada del oeste del golfo: las rocas y una isla, a la derecha de Nico; playa y playa, punteadas de islotes, a la izquierda, hasta el horizonte.
Ya no se elevaba más. Veía la otra costa, la del Océano Pacífico que desde allí se extiende hasta el Asia. La Península de Baja California es como un dedo delgado y nudoso, el meñique de la América del Norte estirado sobre el mar. Vio que hacia arriba había montañas boscosas que iban bajando como gradas hasta las tierras llanas del sur. También al norte, en la costa del otro lado, vio dos puertos, dos ciudades.
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Anna Murià, El maravilloso viaje de Nico Huehuetl a través de México, Felipe Dávalos, ilus. México, SEP–C.E.L.T.A. Amaquemecan, 2002.
Lectura con 363 palabras
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