Gatos y ratonejos

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No se sorprendan. Ustedes saben que en un cuento todo, todo, absolutamente todo puede pasar. Para gozar algunos cuentos hay que aprender a disfrutar un poco del absurdo.
Los gatos no sabían volar, pero decían que no era necesario, y así fueron a caza de ratonejos; vieron a un grupito en la hierba y se dijeron: “Ojalá sean rápidos, si no, nos vamos a aburrir. De pronto, mientras estaban pegados al suelo para resistir una furibunda ráfaga de viento, oyeron un svisccccc y vieron cruzar el aire, a tres metros de sus cabezas, a unos treinta ratonejos de orejas larguísimas. Cuando se recobraron de la sorpresa, los ratonejos habían desaparecido.
Ahora bien, eran gatos que conocían su oficio y se sentían capaces de agarrar ratones que tuvieran cualquier tipo de orejas, pero, ¿qué hacer con unos que en lugar de esconderse se echaban a volar?
No quedaba más que atraparlos cuando aterrizaran; pero parecía que el viento lo hacía adrede: cada vez que los cazadores avistaban a sus presas, se levantaba una polvareda, los gatos quedaban medio asfixiados y los ratonejos se esfumaban.
Entonces los gatos se dijeron que si los procedimientos acostumbrados no servían, habría que recurrir a algo diferente; por ejemplo, colocarse en la posición adecuada para que el viento los alzara, o adivinar dónde aterrizarían los ratonejos, o atraerlos a una emboscada; pero por más trucos que intentaban, ninguno les servía. Al final del día, cansados y hambrientos, se refugiaron en la cocina, con el firme propósito de retomar la caza los días siguientes.
Una mañana, salieron de casa. El sol brillaba, el viento acababa de calmarse y en la huerta las hojas se movían, pero no todas juntas, sino en pequeños grupos, aquí y allá, como si alguien caminara por debajo de ellas. ¿Alguien… quién?
Se agacharon para ver, y descubrieron una gran cantidad de deliciosos ratonejos, que comían ávidamente los frutos. Les entró la desesperación, se volvieron de un hermoso
color morado, se jalaron la nariz, torciéndosela hacía ambos lados, y levantaron las piernas medio metro, primero una y luego la otra, porque en su país era lo que se acostumbraba. Por fin, cuando se cansaron de esa gimnasia, decidieron que era inútil enojarse. Lo mejor era preguntar a los robots. Los robots iban y venían arriba abajo de día y de noche, observándolo y registrándolo todo, así que seguramente sabrían si era una costumbre de los ratonejos comer los frutos.
–Sí, señores –confirmó el robot–. Lo hacen a menudo, les gusta mucho. ¿Por qué hay tantos? ¿Por qué los gatos no los agarran? No pueden, no saben volar. ¿Entonces qué comen los gatos? Bisteces, los toman de la cocina.
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Renata Schiavo, El planeta de los ratonejos, Vicent Marco, ilus. México, SEP–FCE, 2004.
Lectura con 446 palabras
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La Cenicienta

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[Esta es una lectura larga, hay que tomarlo en cuenta. Pero es muy divertida y hay que aprovecharla.]

“¡Si ya nos la sabemos de memoria!”, dirán.

Y, sin embargo, de esta historia tendrán
una versión falsificada, rosada,
tonta, cursi, azucarada,
que alguien con la mollera un poco rancia
consideró mejor para la infancia…
El lío se organiza en el momento
en que las Hermanastras de este cuento
se marchan a Palacio y la pequeña
se queda en la bodega a partir leña.
Allí, entre los ratones llora y grita:
“¡Quiero salir de aquí! ¡Malditas brujas!
¡¡Les arrancaré el chongo por granujas!!”
Y así hasta que por fin asoma el Hada
.“¿Qué puedo hacer por ti, Ceni querida?”
“¡Frita estoy porque las brujas
van al baile y yo no voy!
¡Pues yo también iré a esa fiesta inmunda!
¡Quiero un traje de noche, un paje, un coche,
zapatos de charol, sortija, broche,
pendientes de coral, pantis de seda
y aromas de París para que pueda
enamorar al Príncipe enseguida
con mi belleza fina y distinguida!”
Y dicho y hecho, al punto Cenicienta,
en menos tiempo del que aquí se cuenta,

se personó en Palacio, en plena disco,
dejando a sus rivales hechas cisco.
Con Ceni bailó el Príncipe rocks miles
tomándola en sus brazos varoniles
y ella se le abrazó con tal vigor
que allí perdió su Alteza su valor.
Al dar las doce Ceni pensó:
“Nena, como no corras la hemos hecho buena”,
y el Príncipe gritó: “¡No me abandones!”,
mientras se le agarraba a los riñones.
Perdió un zapato la pobre, con la prisa.
El Príncipe embobado, lo tomó
y ante la Corte entera declaró:
“¡Será mi esposa la hermosa dueña
del pie que entre en el zapato!”
Después, como era un poco despistado,
dejó en una bandeja el chanclo amado.
Una Hermanastra dijo: “¡Ésta es la mía!”;
pescó el zapato y lo tiró al retrete.
En su lugar, disimuladamente,
dejó su zapatilla maloliente.
En cuanto apuntó el Sol,
salió su Alteza con toda ligereza,
en busca de la dueña de la prenda.
De casa en casa fue, de tienda en tienda,
e hicieron cola muchas damiselas
sin resultado. Aquella vil chinela,
no le sentaba bien a dama alguna.
Así hasta que fue el turno
de la casa de Cenicienta…
“¡Pasa, Alteza, pasa!”,
dijeron las perversas Hermanastras
y, tras guiñar un ojo a la Madrastra,
se puso la de más cara de cerdo
su propia zapatilla en el pie izquierdo.
El Príncipe dio un grito horrorizado,
pero ella gritó más: “¡Ha entrado!
¡Seré tu dulce esposa!”
“¡Un cuerno frito!”
“¡Has dado tu palabra, principito.”
“¿Sí?” –rugió su Alteza–
¡Ordeno que le corten la cabeza!”
Se la cortaron de un único tajo
y el Príncipe se dijo: “Buen trabajo.
Así no está tan fea”.
De inmediato gritó la otra Hermanastra:
“¡Mi zapato! ¡Dejad que me lo pruebe!”
“¡Prueba esto!”, bramó su Alteza Real
y, echando mano de su real espada,
la descorchó de una estocada.
Cayó la cabezota en la banqueta,
dio un par de botes y se quedó quieta…
En la cocina cenicienta estaba
quitándoles la vainas a unas habas
cuando escuchó los botes –pam, pam, pam–
del coco de su hermana en el zaguán,
así que se asomó desde la puerta y preguntó:
“¿Tan pronto y ya despierta?”
El Príncipe dio un salto: “¡Otro melón!”,
y a Ceni le dio un vuelco el corazón.
“¡Caray! –pensó– ¡Qué bárbara es su alteza!
¡Pero si está completamente loco!”
Y cuando gritó el Príncipe: “¡Ese coco!
¡Cortádselo ahora mismo!”,
en la cocina brilló la vara del Hada Madrina.
“¡Pídeme lo que quieras, Cenicienta,
que tus deseos corren de mi cuenta!”
“¡Hada Madrina –suplicó la ahijada–,
no quiero ya príncipes!
Ahora te pido algo más difícil e infrecuente:
un compañero honrado y buena gente.”
Y en menos tiempo del que aquí se cuenta
se descubrió de pronto Cenicienta
a salvo de su Príncipe y casada
con un señor que hacía mermelada.
Y, como fueron ambos muy felices,
nos dieron con la puerta en las narices.

¿Qué les pareció? A ver si algún, o alguna valiente se la aprende.

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Roald Dahl, “La Cenicienta” en Cuentos en verso para niños perversos. México, SEP-Altea, 2002.
Lectura con 687 palabras
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