Pulgarcita

Estándar
Érase una vez una mujer que quería tener un hijo pero no sabía dónde irlo a buscar. Al fin se decidió ir con una vieja bruja, quien le dio un grano de cebada, le dijo que lo plantase en una maceta y le aseguró que vería grandes maravillas.
La mujer sembró el grano y brotó una gran flor, parecida a un tulipán, pero con los pétalos cerrados. Le pareció tan bonita que la besó y en el mismo momento se abrió la flor y en su interior apareció una niña pequeñísima pero muy bonita, a la que llamó Pulgarcita.
Una noche en que la pequeña dormía encima de la mesa, dentro de una cáscara de nuez, entró por un cristal roto de la ventana un sapo, quien pensó que Pulgarcita sería una buena esposa para su hijo. Cargó con la cáscara de nuez con la niña dentro y salió de nuevo por el cristal roto. La llevó hasta el arroyo y la depositó sobre una hoja de nenúfar. Al encontrarse allí y saber que tenía que casarse con el horrible hijo del sapo, Pulgarcita lloraba sin parar. Los pececillos, al verla tan hermosa, sintieron pena de ella. Se reunieron todos alrededor de la niña y cortaron el tallo del nenúfar. La hoja salió flotando río abajo llevándose a Pulgarcita lejos del alcance del sapo.
En su barca la niña pasó por delante de muchas ciudades hasta que llegó junto a un gran bosque. El nenúfar de acercó a una de las orillas y Pulgarcita pudo bajarse.
Junto al bosque se extendía un gran campo de trigo y por él se adentró la pequeña hasta detenerse frente a la puerta de la casa de un ratón, quien al verla tan bonita y tan sola, decidió darle cobijo pensando en casarla con su vecino, un topo rico e instruido.
Se hicieron las debidas presentaciones y el topo quedó encantado con aquella inesperada boda. Al día siguiente cuatro arañas comenzaron a tejer el ajuar de Pulgarcita. Pero la niña tampoco deseaba ser la esposa de un topo y vivir toda su vida bajo tierra. De modo que volvió a echarse a llorar desconsoladamente.
La misma mañana de boda acertó a pasar por allí una golondrina. Pulgarcita al verla, le pidió que la llevara con ella. La golondrina aceptó y con la niña encima voló hacia las tierras cálidas. Allí la depositó sobre un pétalo de una hermosa flor. Pero ¡qué sorpresa! En el cáliz de la flor había un hombrecito blanco y transparente que llevaba en la cabeza una corona de oro. Era el ángel de la flor.
Cuando vio a Pulgarcita quedó encantado. ¡Era tan bonita! Y quitándose la corona de la cabeza se la puso en la de ella, al tiempo que le preguntaba si quería casarse con él. Pulgarcita, feliz, dijo que sí ¡qué diferencia entre este pretendiente y el hijo del sapo o el topo!
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Hans Christian Andersen, “Pulgarcita” en Grandes relatos para lectura infantil. México, SEP-Geo, 2007.
Lectura con 486 palabras 
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