Que no lo toquen ni las moscas – cuento de un niño insoportable

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Que no lo toquen ni las moscasAhora que estoy viejo debo confesarlo: yo fui un niño insoportable.
Sí, consentido, grosero y llorón. De esos que escupen, pican los ojos y muerden; que le levantan la falda a sus compañeras del salón; que rompen los juguetes ajenos, y también los propios si ya están aburridos; que se meten los dedos a la nariz; que hacen la tarea sólo cuando se les da la gana; de esos que se meten a la boca doce barras de chicle para después pegarlas en la cola de un gato o en el pelo de una niña gorda.
“Federico, me pegó un chicle en la cabeza”, solían acusarme señalando las pecas de mi nariz.
“¿Yo? –contestaba yo– No es cierto.”
Me encantaba tocar los timbres del vecindario y salir corriendo, romper vidrios con la resortera, y si se trataba de jugar con niñas les metía unos buenos pellizcotes, aplastaba sus pastelitos de tierra o pisaba sus muñecas. No era raro que alguien fuera con el chisme a mi mamá, pero al poco tiempo dejaron de hacerlo porque ella siempre contestaba lo mismo:
“Creo que usted está diciendo una mentira. Mi angelito no sería capaz de hacer eso.”
Y cuando se alejaba quien me había acusado, yo lo alcanzaba, le sacaba la lengua y le hacía una sonora trompetilla.
Yo era el rey de la casa, me compraban lo que quería, tenía un cuarto lleno de juguetes donde había desde bicicletas, balones y rifles de diábolos, hasta yoyos de todos los colores. Sólo comía lo que se me antojaba y, aunque era un glotón de lo peor, estaba tan flaco como una lombriz pues mi dieta era a base de pastelitos, dulces y refrescos de cola. Si a la hora de la comida me ponían un plato con sopa de verduras, yo decía:
¡Guácala!
De hígado encebollado:
¡Guácala!
De pollo:
¡Guácala!
Siempre contestaba lo mismo. Por si esto fuera poco, mis papás me cuidaban como a un tesoro: me traían arropado con un suéter, aunque hiciera calor, y desinfectaban cualquier cosa que tocara mi piel. No dejaban que se me arrimara ningún perro, a menos que estuviera vacunado, y estaban atentos de matar cualquier araña, cucaracha o mosca que se me acercara.
Este libro es la historia de cómo cambió mi vida y me convertí en un niño diferente.
Y, ¿cómo le habrá hecho? Porque un niño así es insoportable. ¿O no? ¿Quiénes de ustedes son insoportables? Por favor, alcen la mano.

Óscar Martínez Vélez, ¡Guácala! México, SEP–SM, 2004.

Lectura con 409 palabras.