Tajín y los siete truenos II

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Vamos a continuar con la historia de Tajín. El muchacho entró a trabajar a la casa de los Siete Truenos, y vio con mucha atención cómo los viejos se vestían para subir a las nubes y provocar la lluvia. El muchacho no se aguantaba las ganas de subir él mismo.


Durante algunos días Tajín fue un ayudante ejemplar. Barría la casa; ponía los frijoles en la olla; traía agua del pozo; trabajaba en la milpa; estaba atento a que las brasas no perdieran su brillo entre las tres piedras del fogón; también cepillaba las botas de las Truenos. Y cada vez que las tocaba le renacía el mismo pensamiento: “Tengo que subir, tengo que subir.”
La soñada oportunidad llegó. Una mañana los Siete Truenos se pusieron sus blancos trajes de viaje y le dijeron a Tajín que debían ir a Papantla, a comprar puros en el mercado.
–No te preocupes, no tardaremos –le dijo el Trueno Viejo, que se había encariñado con el muchacho.
–Antes de que acabe el día nos verás por aquí –dijo otro de los Truenos palmeándole la cabeza.
–Pero no olvides lo que debes hacer –le dijo el Trueno Doble, que no quería parecer blando.
–Pon los frijoles en la olla, porque regresaremos con hambre.
–No dejes la casa sola.
–No te quedes dormido.
–Sobre todo –le recordó el Trueno Mayor–, no permitas que se apaguen las brasas.
Tajín dijo que sí a todo y los Truenos se fueron muy contentos porque ahora sí tenían alguien que los ayudara. Muy despreocupados se fueron a comprar sus puros al mercado de Papantla.
Apenas se quedó solo, Tajín tiró la escoba en un rincón, corrió al arcón de los Truenos y se lanzó de cabeza a buscar unas botas que le quedaran.
En cuanto se hubo vestido, comenzó a subir por los aires. Los primeros pasos le costaron trabajo, pero no tardó en tomar confianza. Comenzó a correr por las nubes. Cada vez que agitaba la capa, soplaba el aire.
“¡Jajay, jajay, jajay!”, comenzó a gritar Tajín, al mismo tiempo que sacaba la espada y comenzaba a girar. Todo el cielo y la tierra y aun el mar interminable se llenaron con la luz cegadora de los relámpagos.
Empezó a bailar Tajín, pero sus pasos no eran acompasados, como los de los Truenos. Entre relámpagos y truenos desataron contra la selva un chubasco violentísimo. No era la lluvia bendita de los truenos, sino una tormenta devastadora.
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Felipe Garrido, Tajín y los Siete Truenos. Leyenda totonaca. México, SEP, 1990.
Lectura con 409 palabras 
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