¿Por qué el topo vive bajo la tierra?

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Hace mucho tiempo, según se dice, el Sol se iba aproximando a la Tierra, de modo que cada día quemaba con más fuerza y las plantas se secaban. Sucedió entonces que unos campesinos quisieron detener al Sol porque les había destruido sus siembras. Pero no pudieron hacer nada pues el Sol los quemó.
Se cuenta que después se reunieron los animales más astutos y fuertes de los bosques y las selvas. Eligieron al león, por ser el más fuerte, para que detuviera al Sol, y dijo el león:
–Yo detendré al Sol, así me juegue la vida.
Pero no pudo hacer nada porque se quedó inmóvil. Siguió el coyote y tampoco logró nada. Así fueron pasando todos los animales. Al fin sólo quedaba el más pequeño de todos, el que actualmente conocemos con el nombre de topo, y dijo:
–Yo, el más pequeño de todos y el más débil, haré un esfuerzo por detener al Sol; aunque no estoy seguro de lograrlo, demostraré que también tengo valor.
El topo se dispuso a detener al Sol. Amontonó ramas, espinas, palos y toda clase de objetos que encontraba a su paso. El Sol seguía quemando, pero el topo no se daba por vencido. Siguió adelante en su tarea hasta que logró detener al Sol. Nada más que nadie quedaba para felicitarlo por su triunfo, que para él había sido el más grande de su vida. Fue tanta su sorpresa que cuando levantó la vista y vio al Sol, se quedó ciego. Pero no le importó. En eso oyó una voz que decía:
–Has quedado ciego, has perdido la vista por salvar a tu pueblo, pero no te preocupes porque ya no vas a necesitar ver. Te voy a premiar; he escogido para ti otro camino y tú ya jamás vivirás sobre la tierra, sino que te irás por ese otro camino.
Se dice que aquella voz fue la de Dios, Nuestro Señor, y que el camino que le designó al topo iba a dar debajo de la tierra a unas cuevas oscuras que él mismo hace y donde actualmente vive.
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“¿Por qué el topo vive bajo la tierra?” en Mireya Cueto (comp.), Cuéntanos lo que se cuenta. México, SEP-CONAFE, 2006.
Lectura con 348 palabras
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La última vida de un gato

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Aquel sábado de luna llena, al joven gato llamado Toñete se le antojó que era una noche ideal para echar relajo. Fue a visitar a su amigo de juergas, el viejo gato llamado Chilaquil. Lo encontró tirado en el tapete persa de la tibia sala donde vivía con sus amos.

Lo despertó de un mordisco en la cola. Chilaquil saltó de susto, creyendo que era un perro, pero al ver a Toñete muerto de la risa, lo correteó por debajo de las sillas hasta atraparlo entre sus garras.

–¡Menso! –lo zarandeó–. ¿No comprendes que me pudo haber dado un paro cardiaco?
–Volverías a nacer –dijo Toñete. ¿Ya no te acuerdas que los gatos tenemos siete vidas?
–Yo ya no –le soltó Chilaquil y se trepó en el respaldo de un sofá, sumamente agobiado.
–A mí nada más me queda una.
Al Chilaquil le gustaba mucho ver las telenovelas, por lo que Toñete creyó que estaba actuando. De un brinco se sentó a su lado, en el cojín del sofá.
–¿Qué tal te caerían unas sabrosas tripas de gallina? –le preguntó lamiéndose los bigotes. Ayer que andaba de vago, descubrí una pollería con un agujero en el techo. Nomás es cosa de hacernos flaquitos para caber. Vamos, no te vas a arrepentir. Queda a unas cuantas azoteas de aquí.
– No, gracias, si algo me sobra es comida. –respondió el veterano gato. Se dirigió al refrigerador y lo abrió con el hocico. Había todo lo que hay en el mercado.
– Lo sé –gruñó Toñete–; pero el chiste no es llenar la buchaca, sino correr una aventura. A lo mejor nos topamos con unos ratones y los perseguimos, como si fuéramos judiciales y ellos ladrones. ¿A poco a no te gustan las emociones fuertes?
– Ya no, desde que hoy me puse a hacer cuentas y resultó que sólo me queda una vida.
– ¿No habrás sumado mal?
– ¡Ni que fuera burro, soy gato! –afirmó con orgullo Chilaquil. Luego, la cara se le alargó–. Si llegará a perder esta vida que tengo, moriría para siempre.
Así como sus amos les invitaban a sus visitas una taza de café cuando platicaban de temas importantes, Chilaquil le invitó a Toñete la leche que él no había probado.
–Ahora que estás muchacho y no has perdido ninguna vida, deberías recapacitar –le dijo–…
–Tú hablas así porque ya estás ruco –replicó Toñete–; pero yo soy un gato jovenazo y con cierto pegue con las gatas chavas. Si hubiera perdido ya alguna vida a lo mejor te hacía caso pero tengo mis siete vidorrias bien enteritas…
A Chilaquil le dio lástima que se expresará de esa manera. No lo contradijo por no discutir. Sólo le hizo una invitación.
–Mañana voy a ir con mis amos de día de campo. Ellos ya te conocen y se sentirían felices de llevarte. Vamos, así ya tendría con quien ir maullando.
–Se te agradece… pero yo soy un gato de grandes aventuras –presumió Toñete encaminándose a la ventana abierta…
Al día siguiente, Chilaquil despertó con el ir y venir de botas y tenis que pasaban a su lado… En el cielo blanquecino brillaba un sol dominguero.
Chilaquil se disponía a ocupar su lugar en la cajuela, cuando sus japoneses ojos se toparon con la maltrecha estampa de Toñete. Apenas sí podía cruzar la calle, todo revolcado, con el pelambre tieso de sangre seca.
–¿Qué te pasó? –se adelantó Chilaquil a saludarlo– ¿No me digas que te explotó el boiler?

 

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Fidencio González Montes, “La última vida de un gato” en La última vida de un gato y otros cuentos. México, SEP-Castillo, 2003.
Lectura con 580 palabras
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La mariposa y el grillo. (Cuento tarahumara)

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Una tarde andaba una mariposa volando cerca de unos pedregales cuando oyó el canto de un grillo. Se acercó a la casita para platicar con él:
–No hay nada más hermoso en este mundo que ser mariposa–le dijo.
–Yo vivo muy feliz–contestó el grillo–aunque no puedo volar como tú.
–Pobre animalucho–dijo–, se siente feliz cantando y saltando.
La mariposa siguió volando en tanto caía la tarde, Al día siguiente unos niños salieron al campo y lo primero que vieron fue una linda mariposa. Todos trataron de agarrarla. La pobre mariposa iba de un lugar a otro sin poder escapar, y cansada de tanto volar se paró en la ramita de un encino pequeño. Los niños la atraparon: uno la agarró por las alitas, otro por el cuerpecito y la destrozaron.
El grillo desde su casita lo vio todo y pensó. “Siendo grillo soy más feliz que cualquier animal”.
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Miguel Velasquillo, “La mariposa y el grillo”, en Luis González y Lorenzo Ochoa (comps.), La osa enamorada de un tarahumara y otros relatos. México, SEP-Tlalocan UNAM, 1980.
Lectura con 153 palabras
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