Eolo

Estándar
Los vientos son los hijos del Cielo y de la Tierra. Habitan en las grutas profundas donde está prisioneros día y noche.
Zeus desconfía hasta tal punto de ellos que ha colocado por encima de su prisión enormes montañas. ¿Por qué? Porque los vientos son temibles, y rugen sin cesar en su prisión. Sólo tienen una idea: escapar para devastarlo todo (la tierra, el mar e incluso el mismo cielo, morada de los dioses inmortales).
Para calmar los Vientos, terriblemente poderosos para este pueblo de marinos, los griegos les ofrecían sacrificios.
En la antigüedad grecolatina los vientos principales eran cuatro:
El Bóreas. Es el viento del norte frío y violento, que los latinos llaman Aquilón. Se le representaba bajo la forma de un viejo de cabellos blancos y en desorden.
El Euro. Es el viento del este, que viene de Oriente. Se le representaba con la tez cobriza de los asiáticos.
EL Noto. Es el viento del sur que los latinos llaman Aaustro. Es un viento caliente que trae tormentas. No es raro verlo representado bajo el aspecto de un viejo, con los carrillos inflados, la frente aureola de nubes y los ropajes calados por la lluvia o llevando una regadera.
El Céfiro. Es el viento del oeste. Los griegos lo apreciaban mucho, ya que traía algo de frescor durante el verano ardiente que castigaba su tierra. Da nueva vida a la naturaleza reseca. Se le representaba con alas de mariposa. Ligero, vuela manteniendo en la mano una canasta de flores.
____________________________
Ann Catherine Vivet-Rémmy, “Eolo” en Los Viajes de Ulises. México, SEP, 2002.
Lectura con 251 palabras
____________________________

Sobre piratas

Estándar
El solo nombre de “pirata” trae a la memoria imágenes de osados hombres de mar, de pie en la proa de un nave con las velas hinchadas por el viento, navegando en un mar azul zafiro –sus ojos escudriñan el horizonte, buscando a la presa–; y también la de un destartalado barco con el velamen roto y personajes desagradablemente sucios, alguno con un parche en el ojo, otro con una pata de palo, y otro más con un sable entre los dientes y una botella de ron en la mano. Ambas son reales. No en vano estos personajes han inspirado lo mismo magníficos poemas que novelas inolvidables.
En todo caso, las muchas veces lamentables hazañas de los piratas están minuciosamente registradas en archivos, bibliotecas, cartas, relatos, quejas a soberanos, descripciones de ataques, procesos judiciales, rutas, cartas de navegación, y proyectos de defensa de muchos puertos amenazados por estos asaltantes marítimos. Adentrarse en la enorme información que hay sobre ellos es en sí una maravillosa aventura. Curiosamente, los personajes parecen deslizarse entre líneas, como si quisiesen huir de la historia, de la cual formaron parte importante, casi siempre en páginas mojadas en sangre y agua salada.
Uno de los atributos más conocidos de los piratas era la bandera roja conocida en inglés como Jolly Roger (rojo hermoso). El origen de este nombre es incierto, pero su aparición en el diccionario puede fecharse en 1724. Los corsarios y bucaneros generalmente navegaban bajo el pabellón de su país, pero también izaban una bandera roja para informar a sus víctimas de que no debían oponer resistencia. Supuestamente, esta enseña estaba teñida con sangre, pero a decir verdad era pintura.
Posteriormente esta bandera roja se convirtió en negra, pero conservó el nombre de Jolly Roger o Joli Rouge, en francés. Sobre campo negro, algunas tenían pintadas dos tibias cruzadas y una calavera sobre estos huesos; otras, un esqueleto con un sable en una mano y a veces con una botella de ron en la otra. Los bucaneros solían agregar un jabalí. Por ser este animal un símbolo de libertad para ellos.
Había otras banderas, como lo demuestra la de Cromwell, “el coromuel” [un viento que sopla en el Mar de Cortés, en Baja California], cuyos atributos remiten a alguien que quería pasar por respetable: sobre campo verde, emblemas de justicia, paz y unión, y en el reverso un templo griego y un jinete con el lema Nolle me tangere (“No me toques”). Como dato curioso hay que decir que a pesar de haber dejado huellas tan claras de su paso –sobre todo en los mares bajacalifornianos–, poco se sabe de él, como si hubiera decidido voluntariamente no pasar a la historia.
En nuestros días el Jolly Roger aparece a veces en yates de pesca o de lujo, cuyos dueños muchas veces no tienen idea del terror que la vista y el nombre de este pabellón en otros tiempos despertaban entre quienes surcaban los mares.
_____________________________
Marita Martínez del Río de Redo, “Sobre piratas” en La fuerza y el viento: la piratería en los mares de la Nueva España.
México desconocido, 2006.
Lectura con 491 palabras
_____________________________

Explorador de Monte Albán II

Estándar
Hace unos días leímos otro de los episodios de este libro: un muchacho, hijo de un arqueólogo, acompaña a su padre a la exploración de Monte Albán, la ciudad zapoteca, en Oaxaca.
 
Jamás voy a olvidar cuando mi papá se me quedó viendo y me preguntó: “¿Quieres bajar a la tumba, Alejandro?”
En ese momento mire mis calcetines llenos de cardos del monte, respiré hondo y pensé que si mis hermanos mayores ya habían bajado, yo no me podía quedar atrás.
–Sí, sí quiero –le dije.
Mi papá me tomó por las muñecas y sosteniéndome con los brazos extendidos me fue introduciendo por el negro agujero de cincuenta centímetros de diámetro. Suspendido en el aire, fui bajando dentro de un espacio vacío y oscuro hasta que mis pies tocaron el fondo. Quedé paralizado.
–¡No te muevas! Me gritaron. No tenía la menor intención de hacerlo: estaba totalmente pasmado y nunca habría dado un paso en aquella tenebrosa oscuridad. Mi corazón latía como loco y me retumbaba el pecho; por fin me bajaron una lámpara de mano atada a una cuerda y, cuando la encendí, la rueda de luz iluminó unos viejos muros de piedra aprisionados por raíces.
–¡No vayas a tocar nada! –alcancé a oír que me advertían desde la boca del agujero.
¿Habría muertos? Me pegué lo más que pude a la pared e iluminé a mí alrededor. Así era: a pocos centímetros de mis pies estaba un cráneo humano semicubierto de turquesas, con una afilada nariz de obsidiana, que me miraba con dos conchas redondas incrustadas en los huecos de los ojos.
Alumbré el fondo de la tumba. Entre el fino polvo que cubría el suelo se veían, en confusión, huesos, perlas, turquesas y el reflejo amarillento de los objetos de oro. Moví la linterna y cerca de una esquina yacía un esqueleto con pulseras de oro y plata puestas en los brazos. En medio de la tumba vi una gran urna blanca y me sorprendió que se volviera traslúcida cuando la iluminé.

Traslúcida quiere decir que, sin ser transparente, deja pasar la claridad de la luz.
__________________________
Alfonso Caso, Explorador de Monte Albán, Ana Bonila Riuz, ilus. México, SEP–SM 2004.
Lectura con 349 palabras
__________________________