Tengo un monstruo en el bolsillo

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Voy a empezar por acá porque la señorita de español dice que cuando una se pone a contar algo siempre tiene que empezar por el principio. Será cierto, no digo que no, pero tengo ganas de escribir una cosa, una sola cosita, antes de empezar por el principio y, como últimamente me da por hacer las cosas que tengo ganas de hacer, voy a decirla: Tengo un monstruo en el bolsillo. Bueno, ya está, ahora estoy más tranquila y puedo empezar, como dice la señorita de español, por el principio.
El principio de todo esto fue un principio así nomás, de un día de broncas, y fue por eso que al principio yo no me di cuenta de que ése era el principio. Ahora sí que me doy cuenta de que ése fue el principio. Me doy cuenta porque
después me pasaron muchas cosas de ésas que no son cosas así nomás, cosas de los días de broncas, sino cosas de ésas que yo llamo Maravillosas, Terribles y Extraordinarias.
Muchas veces en los once años que tengo, me dije que lo que más quería yo en el mundo era que me pasasen cosas Maravillosas, Terribles y Extraordinarias. Pero a una chica de once, más bien chaparrita, más bien flaquita, un poco dientuda y con un pelo que siempre se le anda escapando por los costados, casi nunca le pasan cosas Maravillosas, Terribles y Extraordinarias.
Esta historia empezó un lunes. A mí los lunes no me gustan y, además, ese lunes me fui para la escuela con un poco más de bronca que otros lunes porque mi mamá quiso a toda costa que me pusiera el suéter amarillo y las dos cosas que a mí menos me gustan son los suéteres y cómo me queda el amarillo. Así que la mañana empezó con:
–¿No me puedo poner por lo menos el azul?
–Lo voy a lavar.
–¿Y si me pongo sólo la blusa?
–¡Claro, así te resfrías y tienes que faltar una semana a la escuela!
–¡Uf!
Cuando yo digo “uf`” es porque mi mamá ya ganó (mi mamá gana casi siempre).
Así que me fui a la escuela con cuatro broncas: la del lunes, la del suéter, la del amarillo y la de que mi mamá, una vez más, me había ganado la pelea.
En fin. Lo único bueno de esa mañana fue que Paula me estaba esperando en la esquina para que entrásemos juntas.
Yo siempre dije que Paula es una gran amiga (siempre y cuando no se deje engañar por las chocantes del salón).
–¡Qué raro, tú de amarillo! –dijo Paula.
Y con eso me terminó de estropear la mañana.
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Graciela Montes, Tengo un monstruo en el bolsillo, Gilberto Domínguez, ilus. México, SEP, 1992.
Lectura con 442 palabras.
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