Teseo y el Minotauro

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En la antigua isla de Creta, hubo un rey llamado Minos, quien estaba orgulloso de sus hermosas ciudades, su esposa y sus hijos. Pero un día, todo cambió: su esposa dio a luz a un monstruoso ser con cuerpo de hombre y cabeza de toro, el Minotauro.
Aquel ser horrible se refugió en los bosques y se dedicó a atacar a los viajeros en los caminos del reino.
El rey Minos, avergonzado de su esposa e hijo, pidió al mejor de los arquitectos, Dédalo, que construyese un sitio para encerrarlos. Dédalo construyó un laberinto del que nadie podía salir.
Al paso de los años, uno de los hijos de Minos viajó a Grecia para participar en unos juegos, cayó en la trampa del rey Egeo, enemigo de su padre, y murió. Entonces Minos atacó a Egeo, lo venció y le impuso un duro castigo: cada nueve años tenía que enviar a Creta a siete mujeres y siete hombres, para que fueran devorados por el Minotauro.
Cada nueve años llegaba a Creta un barco con velas negras en señal de luto por los catorce jóvenes que morirían a manos de aquel ser monstruoso.
Ariadna, la joven hija del rey Minos, contempló un día la llegada del barco. Las tristes miradas de los jóvenes se perdían en el llanto, excepto por uno: un joven con armadura y espada, y con un porte que le robó el corazón a Ariadna.
Cansado de sacrificar a jóvenes inocentes, había decidido enviar a su valiente hijo, Teseo, para que diera muerte al Minotauro.
Ariadna, perdida de amor por Teseo, decidió ayudarlo para que venciera a su monstruoso hermano, sabiendo de antemano que al hacerlo perdería el amor de su padre.
Teseo aceptó la ayuda de Ariadna y prometió ser su esposo. Ariadna le aconsejó que antes de entrar al laberinto, atara en la entrada una cuerda, que iría desenrollando, para que después de matar al monstruo pudiera encontrar la salida.
Tras mucho esperar, Ariadna vio salir vencedor a Teseo, y en el barco con velas negras huyeron del rey Minos y de Creta.
Cuando llegaron a la casa de Teseo, en Grecia, el rey Egeo vio el barco con velas negras y creyó que su hijo había muerto; a Teseo se le había olvidado poner velas blancas como señal de que regresaba victorioso.
Su padre, terriblemente dolido, se arrojó al mar y desde entonces a esas aguas se les conoce como el mar Egeo.
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Cristina Gudiño Kieffer, Teseo y el minotauro. México, SEP-CONAFE, 1988.
Lectura con 408 palabras 
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