Tuiiiiii El murciélago

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Primero fue el aire frío que empezó a correr por todo el desierto; después, la Luna, grande y amarillenta, flotando en el espacio y, finalmente, la dorada claridad del preludio del alba. El caso es que Coco no lograba conciliar el sueño por un pretexto u otro. Pero lo que acabó por despertarlo completamente fue el violento vuelo de un enorme gavilán. Pasó muy abajo, casi rozando las ramas espinosas de los arbustos, graznando rabioso algunas majaderías en su idioma, porque delante de él iba una sombra voladora en acrobático zig–zag–zug imposible de alcanzar.
De un salto, Coco se puso de pie y pudo contemplar la persecución: un murciélago daba vueltas vertiginosas en un intento desesperado por escapar del ave de rapiña. ¡Oh, y había algo más! El murciélago llevaba una cría agarrada al pecho.
De pronto, al evadir el murciélago el renovado ataque del gavilán, el cachorrito se desprendió del regazo materno y cayó sobre unas hierbas.
–Ahora irá el gavilán sobre la cría –pensó Coco. Pero la madre, fingiéndose herida, atrajo al gavilán hasta alejarlo más allá del Cerro Jorobado que dominaba el paisaje.
El sol, en tanto, comenzaba a salir y Coco comprendió que el murciélago hembra no podría regresar a buscar a su hijito. Pobre. Todavía se alimentaba de leche materna, por eso lo cargaba en su pecho. ¿Podría sobrevivir solo en un medio hostil? Coco se compadeció de la cría y la fue a buscar.
Por suerte, unos días antes el cachorrito había empezado a probar el perfumado jugo de los frutos maduros del desierto y a incursionar su lengüetilla en el corazón dorado de las flores de las plantas espinosas.
Así, pudo ser alimentado por Coco por frutas encontradas en el largo camino que tuvo que recorrer de regreso a casa: primero pitayas dulces y pitayas orejonas del dorado desierto; luego conforme avanzaba al sur, higos, ciruelas, nanches, zapotes…

¿Qué habrá sido de este cachorrito? ¿A quién le gustaría tener un murciélago de mascota?
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Gilberto Rendón Ortiz, Tuiiiiii El murciélago. México, SEP-CELTA Amaquemecan, 2007.
Lectura con 332 palabras
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