Un pequeño cuento de horror

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La casa que me heredó mi abuelo estaba llena de ruiditos que no me dejaban dormir, que me mordisqueaban el sueño. Eran astutos: en cuanto prendía la luz se escondían detrás de los muebles. Por

eso decidí comprar un silencio. Fui a la tienda y escogí el más feroz. “¡Qué le van a durar esos ruiditos!”, me dije, dejándolo acurrucado en la cocina. Y sí, en menos de una semana no hubo un ruido en toda la casa. Se sentía extraño que las puertas no rechinaran ni sonaran mis pasos en el pasillo, pero bueno, al menos podía descansar.

Estuve tranquilo durante unos quince días, hasta que de pronto descubrí que el silencio se estaba comiendo mis carcajadas. Indignado, lo llamé con la intención de darle una tunda, pero se escapó por entre las patas de una silla y, luego, por más que le hice: “¡Shshsh–shshsh! ¡Shshsh–shshsh!”, no quiso acercarse.
Desde entonces no he podido atraparlo. Ya no me tiene confianza. He tendido trampas y tratado de seducirlo con jugosos ruiditos, pero es demasiado astuto. Para colmo, creo que se está volviendo invisible. “No hay devoluciones”, es lo único que me dice el encargado de la tienda cuando le ruego que me ayude.
Cada día tengo menos esperanza de salir con bien de esta pesadilla. Ya casi no puedo hablar. Para proteger mis palabras prendo la radio incluso de noche, pero la verdad es que ni siquiera en la calle me atrevo a abrir la boca. Sé que me acecha, que sólo está esperando un descuido para dejarme mudo.
Lo que más me asusta es que alguna noche se me acerque sin que me dé cuenta y, de un mordisco, se coma los latidos de mi corazón.
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Alberto Forcada, Pequeño cuento de horror y otros relatos. México, SEP-CIDCLI, 2004.
Lectura con 289 palabras
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