Un sapo

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Antes de que el siglo XX comenzara, en Guanajuato vivían unos esposos que tenían una hijita. El papá se llamaba don Carmelo, la mamá doña Sebastiana y la niña Maclovia, que tenía entonces unos nueve años.
No eran ni ricos ni pobres. Tenían una casita de piedra en uno de los callejones más estrechos de Guanajuato, por donde no cabía siquiera un paraguas abierto. En el patio trasero tenían diez gallinas que ponían huevos rojos y muchas macetas con flores, y en el jardincito de enfrente había un árbol de aguacate, una higuera y muchas jaulas con pájaros.
Vivían, como se dice, en paz y felices.
La casa de junto la ocupaban los esposos Sánchez y Sánchez y sus cuatro hijos. Uno de ellos, Joaquín, a quien todos llamaban Quino, era muy amigo de Maclovia. Tenía trece años.
A la familia Sánchez y Sánchez le gustaba desayunar todos los domingos en su jardín. Maclovia los espiaba. Se subía al techo de su casa y observaba cómo comían huevos estrellados, leche, jugo y panes con miel de higo. Ellos no podían verla porque las ramas de un pirul la ocultaban.
Maclovia le había dicho un día a su papá que por qué ellos no desayunaban los domingos en el jardín. A don Carmelo, que durante el resto de la semana atendía su botica en el centro de la ciudad, le gustaba construir jaulas para pájaros todos los domingos. Por eso le respondió a su hija:
–Deja de pensar en esas cosas. Hay que desayunar como Dios manda: en la mesa del comedor.

Cuando los Sánchez y Sánchez terminaban su desayuno se metían a su casa, menos Joaquín, que se trepaba al pirul, brincaba al techo de su amiga y se ponía a retozar y a jugar con ella. A veces le llevaba un pan con miel de higo, que su vecina devoraba hasta chuparse los dedos.
Entre muchas otras cosas, les daba por jugar a los animales. El juego consistía en juntar todos los insectos y animalitos que encontraran, entre más raros y feos mejor. Luego invitaban a los hermanos de Quino a que conocieran su colección. En cajas de distintos tamaños que habían reunido desde hacía tiempo, iban poniendo cucarachas, gusanos, lagartijas, mayates, caracoles, grillos, montoncitos de hormigas, moscas y mosquitos, tijerillas, arañas, mariposas y todos los demás ejemplares que ellos no sabían ni cómo se llamaban.
Un día en que Maclovia iba a comprar el alpiste para los pájaros, oyó el croar de un sapo. Lo buscó un rato hasta que lo descubrió, a través de una reja, en medio de un jardín que pertenecía a una señora gorda, chaparra y con un lunar negro en la punta de la nariz. No sabía quién era, pero siempre le había dado miedo. Por eso corrió a pedirle ayuda a Quino. Como era un niño valiente podría atrapar el sapo para que los dos jugaran con él.
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Francisco Hinojosa, “Un sapo” en Joaquín y Maclovia se quieren casar. México, SEP, 1987.
Lectura con 486 palabras
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