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Una semana con el ogro de Cornualles

A cien leguas de Cornualles, vivían Bastián y Bastiana, una pareja de humildes e ingenuos campesinos, con un hijo llamado Crispín. A diferencia de sus padres, el pequeño Crispín no tenía nada de humilde, y mucho menos de ingenuo.
Cuantos lo conocía aseguraban que era tan digno y formal, que parecía hijo de un duque y, tan astuto, que bien habría podido engañar al recaudador de impuestos del rey.
Un domingo por la mañana, Bastián y Bastiana tuvieron que viajar a Cornualles para vender un ternero, y no se les ocurrió mejor idea, puesto que el viaje era largo y penoso, que dejar a su retoño al cuidado del vecino Cometodo.
“Ni hablar –protestó Crispín–, todo el mundo sabe que Cometodo es un ogro tan famoso que hasta sale en los cuentos.”
“Pero, ¡qué tontería! –respondieron sus padres–; en verdad tiene un aspecto poco agradable y, ciertamente, puede resultar algo huraño… La gente habla mal de él, pero no es conveniente prestar oídos a la maledicencia; es un buen vecino, y te quedarás con él hasta que regresemos dentro de una semana.”
En vano se quejó Crispín y adujo toda clase de razones. Sus padres no lo tomaron en serio y, pocas horas después, lo dejaron en el lóbrego caserón del ogro, quien a pesar de su aspecto nada tranquilizador, lo recibió amablemente y prometió cuidarlo hasta que volvieran sus vecinos.
El resto del día transcurrió tranquilamente, pero al llegar la noche, el siniestro hombretón puso a hervir una gran marmita y comenzó a afilar un descomunal cuchillo, al tiempo que cantaba con voz estentórea: Es hora de cocinar, pues la luna va a salir.
Un niño voy a cenar, ¡y qué a gusto iré a dormir!
Al escuchar semejante atrocidad, el niño, en lugar de echarse a llorar o tratar de esconderse, como probablemente habría hecho cualquier niño, se dirigió al ogro, pues, naturalmente, se trataba de un ogro y le dijo, tranquilamente:
“¿Y con qué piensas guisarme, buen hombre?”
“¡Con longaniza! Yo sólo sé cocinar con longaniza.”
“¡Qué monstruosidad! –dijo Crispín– No me extraña que se te vea tan obeso.
“Es verdad, últimamente he engordado más de cien kilos… pero no sé guisar con otra cosa.”
“Sin embargo, tienes un jardín lleno de ciruelos. ¿Has probado alguna vez el excelente sabor de las maravillosas ciruelas?”
“No, pero vivo tan aislado, que, ¿Quién podría enseñarme a prepararlas?”
“Yo, naturalmente. No me eches en la olla. Déjame que te haga un buen aperitivo a base de ciruelas, y veamos cómo te sientes después. Pero tienes que acompañarme al jardín y ayudarme a traer unas cuantas canastas.”
 
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Miguel Ángel Pacheco, Una semana con el ogro de Cornualles. México, SEP–Anaya, 2004.
Lectura con 438 palabras
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